sábado, 10 de agosto de 2013

LA CANCIÓN Y EL POEMA

Hoy que el tiempo ya pasó,

hoy que ya pasó la vida,
hoy que me río si pienso,
hoy que olvidé aquellos días,
no sé por qué me despierto
algunas noches vacías
oyendo una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería,
quisiera morir, quisiera… de amor,
para que supieras…

Algunas noches de paz,
–si es que las hay todavía–
pasando como sin mí
por esas calles vacías,
entre la sombra acechante
y un triste olor de glicinas,
escucho una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería;
quisiera morir, quisiera… de amor,
para que supieras…

Yo amaba a don Alfredo Zitarrosa. La vibración de su alma cuando cantaba una canción penetraba hasta lo más profundo de mi propia alma, impregnando la totalidad de mi ser con una fuerte melancolía, una tristeza de la que ya no podía desprenderme y que teñía cada uno de mis pensamientos, de mis actos y, por supuesto, de mis relaciones con las demás personas. Era como sorber un poco de muerte con cada canción y ponerla en mi casa, en mi trabajo, en todo cuanto me rodeaba. La canción que traje como ejemplo es, sencillamente, hermosa, y pulsa las cuerdas del alma con una cadencia de la que es muy difícil desprenderse. 
Por eso dejé de escuchar a Zitarrosa.
No puedo negar que, durante largo tiempo, me sentí como aquel que deja su hogar para irse a tierras extranjeras, pero fue una cuestión de supervivencia, fue escapar de la muerte y el dolor para rescatar de mí mismo la alegría, el optimismo y las ganas de vivir y prosperar.
Sucede que cuando un poema -de esos que te llegan al alma- es puesto en música, es hecho canción... y es cantado por alguien que vive lo que está cantando -yo vi a Zitarrosa llorar en el escenario- se convierte en un canto de sirena, en algo que te invade y se queda en vos. Y no tienes escapatoria.
Un día reaccioné. Ese día vi que me estaba haciendo daño, mucho daño. Vi que estaba llorando el dolor ajeno y dejando ir mis otras opciones de vida, y decidí -no sin sentir un profundo duelo- que ya no iba a escuchar y mucho menos cantar canciones que me afectaran negativamente. Y así lo hice.
Ahora estoy comunicando a mis almas amigas el secreto de la canción: La canción es un instrumento de comunicación perfecto. Llega hasta lo más profundo de quien la escucha y allí se queda, tiñendo la vida de la persona con su contenido. Por esa razón la canción es una bendición que abre tus horizontes o una maldición que puede arruinar tu vida.
La canción tiene un gran poder que hay que saber utilizar para el mayor beneficio: Toma una afirmación positiva que necesites para elevar tus posibilidades en pro del mayor bien, y ponle música. La cantarás todo el tiempo casi sin darte cuenta, con placer y sin esfuerzo, y la afirmación impregnará tu subconsciente en una forma poderosa y benéfica.
Selecciona con criterio lo que escuches y estate atento a vos mismo todo el tiempo. No dejes que invadan tu subconsciente con mensajes negativos. No todo lo que es bello y toca una cuerda de afinidad con tu ser profundo es bueno para vos.
Con amor, Alejandro



No hay comentarios.:

Publicar un comentario